EL INFIERNO
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Ninguno es arrojado al Infierno por el Señor, esto lo hace el espíritu de cada cual
545. En
algunos hombres ha prevalecido la opinión de que Dios aparta Su rostro
del hombre, le rechaza y echa de Sí al infierno; que se enfada con él a
causa del mal, y algunos creen además que Dios castiga al hombre,
infligiéndole penas. En esta opinión se confirman por el sentido literal
del Verbo — adonde tales cosas se dicen — no sabiendo que el sentido
espiritual del Verbo que explica el sentido literal es muy diferente; y
que por lo tanto la verdadera doctrina de la iglesia, cuya doctrina es
del Verbo enseña, de distinta manera, es decir, que Dios nunca aparta
del hombre Su rostro ni le rechaza, ni echa a hombre alguno al infierno,
ni se enfada. Esto siente también todo hombre de mente iluminada cuando
lee el Verbo, meramente por esto de que Dios es el Bien mismo, el Amor
mismo y la Misericordia misma, y que el Bien mismo no puede causar pena
a nadie, ni el Amor mismo y la Misericordia misma rechazar de sí el
hombre, puesto que esto es contrario a la naturaleza de la misericordia,
y del amor, por consiguiente contrario a lo Divino mismo; por lo cual,
los que piensan por una mente iluminada, mientras leen el Verbo, sienten
distintamente que Dios nunca se aparta del hombre, y que puesto que no
se aparta de él, usa con el bondad, amor y misericordia, es decir, que
desea su bien, que le ama y tiene misericordia de él. A consecuencia ven
también que el sentido literal del Verbo, en el cual se dicen tales
cosas, encierra en sí un sentido espiritual, según el cual deben
explicarse las cosas, que en el sentido literal se han dicho en una
forma adaptada a la facultad intelectual del hombre, y según sus ideas
primordiales y generales.
546. Los
que se hallan en iluminación ven además que el bien y el mal son dos
cosas opuestas, y que son tan opuestas como el cielo y el infierno; que
todo bien es del cielo y todo mal es del infierno; que, siendo así que
lo Divino, que sale del Señor, hace el cielo (n. 7-12); que del Señor no
influye en el hombre más que el bien y que del infierno (no influye) más
que el mal; que por lo tanto el Señor está continuamente apartando el
hombre del mal, y conduciéndole al bien, y que el infierno está
continuamente procurando inducir el hombre al mal; no hallándose el
hombre en medio de ambos, no tendría pensamiento, ni voluntad, menos aun
libertad y elección, porque todas estas cosas las tiene el hombre por el
equilibrio entre el bien y el mal. Por lo cual, si el Señor se apartara,
el hombre, abandonado enteramente al mal, no sería ya hombre. Por esto
es claro que el Señor influye con el bien en todo hombre, tanto en el
malo, cuanto en el bueno, pero con la diferencia de que continuamente
aparta el hombre malo del mal, y que continuamente conduce el hombre
bueno al bien, y que la causa de esta diferencia se halla en el hombre,
puesto que él es el recipiente.
547. Por
esto puede ser evidente que el hombre hace el mal a fuerza del infierno
y hace el bien por virtud del Señor; pero siendo así que el hombre cree
quede sí mismo hace todo cuanto hace, se adhiere al mismo el mal que
hace, como si fuere suyo; de ahí resulta que el hombre es la causa de su
mal y de ninguna manera el Señor. El mal en el hombre es él infierno en
él, porque decir el mal y decir el infierno es lo mismo. Puesto que el
hombre es la causa de su mal, se introduce por lo tanto a sí mismo en el
infierno, y no (lo hace) el Señor. El Señor, lejos de introducir el
hombre en el infierno, libra el hombre del infierno, y le libra del
infierno en la medida que el hombre no quiere y no ama permanecer en su
mal. Todo lo que pertenece a la voluntad y al amor del hombre permanece
con él después de la muerte (n. 470-484). Él que quiere y ama un mal en
el mundo quiere y ama este mismo mal en la otra vida, y entonces no
puede ya desistir de ello. De ahí se ve que el hombre que se halla en el
mal está liado con el infierno; en efecto se halla allí, con, respecto a
su espíritu; y después de la muerte no tiene mayor deseo que el de estar
donde está su mal, por lo cual el hombre después de la muerte se echa a
sí mismo al infierno, y de ninguna manera es echado allí por el Señor.
548. De
qué manera esto tiene lugar se dirá también. Cuando el hombre entra en
la otra vida es primeramente recibido por ángeles, quienes le prestan
todos los servicios posibles, y hablan con él acerca del Señor, del
cielo, de la vida de los ángeles, y le instruyen en verdades y bienes;
pero si el hombre — entonces un espíritu — es de los que en el mundo han
tenido conocimiento de semejantes cosas, habiéndolas, sin embargo,
negado o rechazado en su corazón, se aparta, después de alguna
conversación, y procura alejarse; observando lo cual los ángeles se
retiran. Después de algún trato con otros, se une finalmente con los que
se hallan en un mal parecido al suyo (véase arriba n. 445-452) y cuando
esto se verifica se aparta del Señor, y dirige su rostro hacia aquel
infierno con el cual se hallaba unido en el mundo, y allí se hallan los
que están en un amor al mal, parecido (al del espíritu). Por esto es
claro que el Señor conduce hacia sí a todo espíritu, mediante los
ángeles, y también mediante un influjo del cielo, pero los espíritus que
se hallan en el mal se oponen totalmente, y como si dijéramos, se
desprenden del Señor, siendo atraído por su mal como por una liga, por
consiguiente hacia el infierno, y puesto que son atraídos y por amor al
mal desean seguir, es evidente que se echan al infierno, por su libre
albedrío. En el mundo no se puede creer que esto es así, a causa de la
idea que se tiene del infierno, y en la otra vida a los ojos de los que
se hallan fuera del infierno hasta parece como si fueran echados, pero
no así a los que se echan allí, porque, ellos entran libremente, y los
que entran por un amor ardiente al mal parecen precipitarse de espalda,
la cabeza abajo y los pies, al aire. Por esta circunstancia resulta que
parece como si fueren precipitados por la fuerza Divina. (Sobre este
particular se puede ver más detalles en lo que sigue n. 574). Puede por
esto constar que el Señor a nadie echa al infierno, sino que cada uno
(se echa) a sí mismo, no solamente mientras vive en el mundo; sino
también después de la muerte; cuando entra en medio de los espíritus.
549. Que
el Señor no puede por Su Naturaleza Divina, que es el bien, el amor y la
misericordia, obrar de igual manera con todo hombre, tiene su causa en
el que se oponen a ello los males y las falsedades, no sólo resistiendo,
sino también rechazando Su Divina influencia. Los males y por ellos las
falsedades son como densas nubes, que se interponen entre el sol y el
ojo humano, quitando la plenitud y claridad de la luz, mientras; sin
embargo, el sol continua esforzándose para dispersar las nubes que
obstruyen el camino, porque está detrás de ellos, obra, y hasta envía de
vez en cuando al través de algunas aberturas aquí y allá, una pálida luz
al ojo del hombre. En el mundo espiritual sucede cosa igual, el sol allí
es el Señor y el Divino amor
(n. 116-140); la luz allí es la Divina verdad (n: 126-140); las densas
nubes allí son falsedades del mal; el ojo allí es el entendimiento. En
la medida que alguien allí sé halla en falsedades por el mal, en esta
medida se halla circundado, por tal nube, negra y densa según y conforme
la intensidad del mal. Por esta comparación puede verse que el Señor se
halla siempre presente en cada uno, pero, es recibido de varias maneras.
550. Los
espíritus malos en el mundo de los espíritus son castigados severamente
a fin de que por medio del castigo se abstengan de malos actos. Esto
parece asimismo como si viniera del Señor, sin embargo nada del castigo
allí viene del Señor sino del mismo mal, porque el mal se halla unido a
su castigo de tal manera que no pueden ser separados. La turba infernal
no tiene mayor deseo que el de practicar el mal, especialmente apresurar
el castigo y atormentar, y en efecto causan mal y apresuran el castigo a
todo él que no es protegido por el Señor. Cuando, por lo tanto, el mal
es practicado por un corazón malo, que por consiguiente desecha de sí
toda protección del Señor, se lanzan los espíritus infernales sobre
quien obra este mal, castigándole. Esto puede hasta cierto punto
ilustrarse por los males en el mundo y su castigo, siendo estos también
aquí unidos, porque las leyes imponen un castigo por cada mal especial,
por lo cual él que se lanza por el camino del mal también se precipita
al encuentro del castigo del mal. La única diferencia es que los males
pueden ocultarse en el mundo, pero no así en la otra vida. Es por lo
tanto evidente que el Señor no inflige pena a nadie; y esto es también
como en el mundo, es decir, que ni el rey, ni el juez, ni la ley son la
causa de que el delincuente sufre castigo, puesto que no son la causa
del mal que se halla en el malhechor.
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